Mi obra propone el dibujo como un acto de codificación: un proceso mediante el cual fuerzas intangibles — vibración, ritmo, impacto sonoro — se inscriben en la materia. La tinta no representa el sonido; lo performa. Se comporta como una extensión corporal, registrando oscilaciones, interrupciones, dispersiones y disipaciones en tiempo real.
Las frecuencias representadas no responden a mediciones científicas ni a notaciones musicales. No son diagramas, sino traducciones encarnadas: inscripciones subjetivas producidas a partir de la escucha como acontecimiento fisiológico. En este sentido, cada obra funciona como índice de un encuentro entre estímulo externo y respuesta interna.
La codificación no implica aquí un intento de control, sino una estrategia de conciencia. La línea dibujada se convierte en un espacio de tensión entre caos y estructura, entre el flujo incontrolable del ruido contemporáneo y el impulso humano de volverlo legible.
El proceso permanece abierto. La obra no se clausura en el acto de dibujar; se reactiva en la mirada del espectador. La percepción reconfigura el campo visual, permitiendo que las frecuencias se desplacen, se expandan y adquieran nuevos sentidos en cada experiencia crítica.
Codificar el caos se convierte, entonces, en un gesto sutil de resistencia: suspender la aceleración del ruido, hacer visible la vibración y recuperar, aunque sea por un instante, la posibilidad de una escucha consciente.